Es primavera, me siento a gusto en esta ciudad y me parece que todo va a ir bien. Estoy lejos de casa y de mi rutina, y esto me permite hacer un reset muy necesario en mi vida. Soy una mujer tan intensa, que si no hago estas paradas y cambios de aire, llega un punto en el que me siento a punto de estallar y todo empieza a ir mal.

Estoy en mi apartamento de Antón Martín y alguien contacta conmigo después de haber estado ya con mi primer cliente en Madrid.

Julio me llama al putimóvil, pide un servicio en el que quiere que yo lo domine y acepto sin dudar. Mis tanteos por el mundo del BDSM han avanzado, y ya voy cogiendo soltura en desarrollar algunas de sus vertientes. Me alegra la oportunidad que me brinda este posible cliente para sacar mi parte más tirana y hacer con él lo que quiera, todo dentro de un marco de mutuo acuerdo, por supuesto.

Cerramos la cita enseguida y en cuarenta minutos se propone estar en mi apartamento, si no se pierde por el camino.

Hago mi ritual de acicalamiento y preparación mental. En cuarenta minutos paso de ser la escort más dulce de la tierra a convertirme en una dómina firme, fría y calculadora. Y durante mi transformación me pongo reflexiva y no puedo evitar preguntarme ¿Qué somos las prostitutas? Personas, madres, amigas, exploradoras, acompañantes, terapeutas, actrices, amantes…y un largo etcétera.

Me sigue sorprendiendo el proceso que se sucede en las mentes de los hombres cuando se meten en estos terrenos oscuros, y Julio me pide en cierta manera que siga investigando con él, que lo lleve al límite.

Empiezo a redactar mentalmente un poco el guión que voy a seguir con Julio. Al llegar no voy a sonreírle, cosa que me va a costar, pero sencillamente lo miraré y lo acompañaré a la ducha, indicándole que a partir de ese momento no va a hacer nada sin mi permiso. También le diré que debe dirigirse a mi como “Señora”y de usted, pues esto me permitirá poner una barrera entre él y yo y empezar a convertirlo en un ser inferior.

Después, una vez limpio y desnudo, le haré arrodillarse ante mí y le formularé algunas preguntas mientras lo miro de arriba a abajo con un poco de desprecio, por mucho que esté bueno.

Luego lo convertiré en mi perro, que tiene preparado su platito en el suelo para beber agua. Miraré como anda a cuatro patas sin juzgarlo y sin preguntarme cómo es posible que eso le ponga cachondo. Será mi perro, nada más que un perro que se pasea por mi apartamento.

Luego lo ataré a la cama, haciendo alarde de mis conocimientos de Shibari, y allí le proporcionaré placer y dolor mezclados de tal forma, que llegue a confundirlos completamente. Lo haré llegar a un estado en el que tema a su Señora y no tenga ni idea de lo que va a suceder. Me dejaré poseer por el morbo de tener a alguien en mis manos y poder hacer lo que desee. Pero en ningún momento perderé el rumbo ni dejaré de prestar atención a las reacciones de mi sumiso, ni dejaré de adaptarme a las señales que me dé. Escucharé su respiración y observaré atentamente las expresiones de su rostro, pues quiero tener mucha compenetración con él.

Preparo mis cuerdas de yute y busco en el apartamento algún instrumento para azotarle. No he traído mi fusta y me siento un poco desarmada, pero encuentro unas espátulas de madera en un cajón de la cocina, voy a darle un toque de improvisación al asunto, viva el BDSM casero!

Me siento poderosa y excitada. Tanto, que me olvido de tomar las medidas de seguridad que toda escort debe poner cuando se encuentra con un desconocido, y más si está fuera de su terreno.

Julio me llama mil veces, no encuentra el lugar ni con GPS. Le indico, cada vez más impaciente, la forma de llegar. Ya ha empezado la acción. Me lo ha puesto en bandeja para empezar a despertar su inseguridad y cuando llegue estaremos cada uno en su lugar: él será el torpe que no sabe orientarse ni en su ciudad y yo seré la Señora que lleva rato esperándole y empieza a perder los nervios.

Julio llega y bajo a abrirle. Le saludo tal como había programado pero añadiendo mi enfado por su retraso, y le hago subir por las escaleras mientras yo voy por el ascensor.

El tipo es grandote y tiene cara de bruto, cosa que todavía me da más morbo, no porque me gusten este tipo de hombres, si no por el contraste entre su imagen real y el papel que va a asumir. Está cachas de gimnasio, y aunque no me gustan los cachas, cuando se desnuda me cuesta mirarlo con objetividad, pero no pierdo los papeles.

Se ducha en pocos minutos, le digo que lo ha hecho demasiado rápido y le ordeno volverlo a hacer con esmero. Lo observo, y por la expresión de su cara, creo que le gusto. Tan solo han pasado diez minutos desde que ha llegado y ya he hecho mi presentación y he establecido las normas, todo sin dejar ni una sola duda de que no estoy por tonterías.

Vuelve a salir de la ducha y se arrodilla ante mí. Me tomo mi tiempo, alargo los silencios y le doy solemnidad al asunto mientras lo interrogo impasible.

Está casado y tiene 44 años, y según mi última pregunta, sabe cómo satisfacer a una mujer. Me mira entre avergonzado y curioso esperando mis órdenes, y después de hacer literalmente el perro, lo ato a la cama.

La luz es tenue, suenan de fondo los Chemical Brothers y me paro un momento a observar la escena. A cualquier director de cine le brillarían los ojos si estuviera allí, y los amantes del BDSM agradecerían que pusiera las cosas en su sitio después del show dominguero que nos montó Grey.

Julio está boca arriba y empiezo a rozar mi sexo por todo su cuerpo despacio, estimulándome y encendiéndome mientras lo miro fijamente. Luego le vendo los ojos con mi foulard, me siento encima de su cara y le ordeno:

-“Demuéstrame que sabes cómo satisfacer a una mujer, perro.”

Y le dejo que me muestre sus habilidades lamiéndome con esmero mientras le agarro fuertemente el pelo.

Compruebo que su polla está dura como una roca y empiezo a alternar felación con mordiscos por el resto del cuerpo. Me encanta morder, y me encanta llevarlo al límite y no dejar que se corra hasta que yo quiera.

Yo también estoy un poco al límite y decido cabalgarlo mientras lo voy azotando con la pala de menear el arroz en los glúteos, al estilo casero. No le dejo que se mueva, aunque él, sumamente excitado, lo intenta para acelerar el ritmo de la penetración. Me estimulo el clítoris y casi llego a un pequeño orgasmo yo sola, pero no quiero, y si sigo, él se corre seguro, y tampoco quiero. Lo llevo al límite dos veces más y vuelvo a dejarlo rozando el orgasmo sin permitírselo. Julio no habla, está portándose bien, y decido seguir adelante permitiéndole que me mire.

Todo va bien hasta que de repente, al estimularle suavemente el ano, aprieta fuertemente el culo y me dice:

-Eh, que yo no soy maricón!

Se me cae el mundo entero encima. Me doy cuenta que tengo atado a mi cama a un cabezacuadriculada y que mi sumiso acaba de desaparecer. Pero sigo intentando no perder el rumbo y le riño enfadada.

-“Tú vas a ser lo que yo te diga”.

Pero no puedo evitarlo y le pregunto hosca:

-¿Hay que ser maricón para que te metan el dedo en el culo y te estimulen la próstata? ¿De dónde has salido tú?

Él me mira desafiante y me confirma que mi sumiso ha desaparecido por completo y se ha transformado en un ignorante que me pregunta enfadado:

-¿¿Qué pasa…te gustan los maricones??

Analizo la situación. El tipo está cachas y es infinitamente memo. Imagino ese conjunto de masa muscular sin cerebro todavía más enojado, y la situación ya no me parece tan divertida. Enciendo mi “estado de alerta” y hago mi segunda transformación de la noche con el objetivo de que termine la cita sin problemas.  Me convierto en su sumisa en cierta parte, pues ahora me toca seguirle el rollo o arriesgarme a discutir con un inútil y que se lie un festival feo. Esta vez sí que voy a ser una actriz en toda regla, y no llego a mentir explícitamente, pero tampoco le digo lo que pienso.

Le muestro una sonrisa bien falsa cuando me continúa recitando sandeces de las más irrisorias.

Resulta que además de no ser maricón, es el tipo que come mejor los higos de todo el mundo –y parte del extranjero-, se lo han dicho sus amigas, claro.

También me hace saber que todas las chicas guapas que hay en las discotecas son putas, y me pregunta a cuáles voy yo.

Lo miro, me empieza a dar mucha pena y un poco de miedo, así que me callo. Él se va calmando y poco a poco empieza a creer que tiene el control de la situación. No solamente eso, sino que se da cuenta de que tiene a una mujer escuchándole atentamente, cosa que le encanta. Entonces, me permito abrir la boca para no estallar y le digo:

-Yo no voy a discotecas, voy a clubs de jazz…

Su cara me resulta muy divertida, ya que había hasta empezado a imaginar que soy su tipo. Me encanta la cara de la gente cuando les rompes los esquemas. Entonces él cambia de tema y me suelta:

-Bueno, como al final no has hecho de dómina me tendrás que devolver la mitad del dinero, no?

Las acrobacias mentales que he tenido que hacer para soportar tanta gilipollez concentrada en casi una hora no tienen precio, pero me había olvidado del dinero. Lo único que quiero es que se vaya, que llegue el glorioso momento en que yo pueda mirar el reloj y decir con aire distraído:

-¿Qué hora debe ser ya…?

Pero me toca las narices. Mi posicionamiento respecto al tema de la identidad sexual de cada uno no cambiará por mucho que no se lo transmita al majareta este, pero a mí no se me quita lo que es mío, y los doscientos euros que me ha dado me pertenecen. Pero ya le he soltado lo de los clubs de jazz y ahora toca seguir con la estrategia, así que ponga cara de gatita angelical y cariñosamente le digo que yo cobro por mi tiempo, no por servicios.

-Era broma…me contesta el retrasado.

Qué broma más graciosa!

Llega la hora, no puedo más, y tengo que sacar todos mis sutiles recursos para que se vaya cuando pasan diez eternos minutos, en los que intenta negociar mis tarifas para nuestro hipotético próximo encuentro.

Cierro la puerta, el zoquete se larga y yo me quedo inmóvil mirando la pared unos minutos haciendo mi última transformación del día; vuelvo a ser persona, me cae alguna lágrima gorda rodando mejilla abajo y pienso en esos que alguna vez me han dicho:

-Qué suerte ¿no? Te pasas el día follando y encima cobras!

Más tarde, después de cenar, me siento en mi rinconcito delante del balcón, abro el libro de Eduardo Galeano y leo:

 

“PECES*

¿Señor o señora? ¿O los dos a la vez? ¿O a veces él es ella, y a veces ella es él? En las profundidades de la mar, nunca se sabe.

 Los meros, y otros peces, son virtuosos en el arte de cambiar de sexo sin cirugía. Las hembras se vuelven machos y los machos se convierten en hembras con asombrosa facilidad; y nadie es objeto de burla ni acusado de traición a la naturaleza o a la ley de Dios.”

*Bocas del tiempo, Eduardo Galeano.

Madrid, 6 de Abril del 2015

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