Cierro los ojos y me toco…

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Hago desaparecer el mundo entero y pienso en ti.

Estamos en un establo. Tú eres el cuidador de los caballos y yo la niñera de una casa señorial donde los dos trabajamos. Yo he venido sin pensar mucho en lo que estaba haciendo, pero con un deseo ardiente de encontrarte solo y que suceda algo arriesgado.

Entro y te veo cepillando a uno de los más bonitos potros que hay en el lugar, concentrado en tu tarea, con la ropa arremangada mostrando un poco tus piernas y brazos. Me vuelve loca cada rincón de tu cuerpo, y seguro que ni lo imaginas. El color de tu piel, la forma que dibujan tus músculos, ese olor tan especial, tus ojos grises…

Me pierdo en mis deseos y empiezo a excitarme mirándote sin que tú me veas. Me encanta verte dedicado a ese animal. Juntos hacéis un cuadro precioso y me gravo la imagen en la retina.

Empiezo a pensar en el morbo de recorrer tu cuerpo al lado de un ser vivo. Habrá unos ojos muy grandes mirándonos cuando te encienda y no puedas evitar levantarme las faldas para penetrarme. ¿Se empalmará? Hasta aquí llegan mis pensamientos, hasta el límite en que podría empezar a sentirme un poco zoofila.

Isabel II fornicando con un asno

De repente me descubres, y por mi expresión, totalmente atónita, adivinas mis intenciones. Te acercas despacio sin dejar de mirarme. A cada paso que recorres acercándote a mi, se hacen más grandes mis temblores. Me sonrojo, ardo, mi cuerpo es un terremoto, pero no retrocedo ni un centímetro. Justo delante mío, te quedas unos segundos eternos parado, y de repente estalla la acción. Me desnudas y me tumbas en la paja donde me devoras mientras noto tu miembro como una piedra. Te desnudo y me siento encima tuyo, te meto dentro y no paro de moverme hasta que nos corremos bajo la mirada de los caballos aparentemente impasibles.

Abro los ojos todavía con los escalofríos en el cuerpo, los vuelvo a cerrar y me duermo a tu lado.

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